4 feb 2010

SUEÑO

Sueño que tengo un amigo que me dice puede ser quien quiera, como un burro, una cabra o un mono; nada que ver con músicos de Bremen, nada que ver con zoológicos inimaginables (o imaginaciones zoológicas) o una realidad que no se comprenda, es algo más sencillo. Más sencillo que arduos trabajos molineros, horarios de circo, actores a los que el taparrabos provocaría sarpullidos. Seres inaceptables en enciclopedias, sólo en diccionarios, por razones evidentes de presencia y realidad: no tomar esto como un mero apéndice, hipócrita lector.

Burro. La literatura es vasta en este sentido; hombres y prohombres han mantenido pollino famoso: Platero (maldito Juan Ramón antipático que ya dijo todo sobre su mirada, su pelaje y otras atribuciones en las que ya no pararemos), el onagro Rucio, burro taxi en Alpujarras. Alforjas de subsistencia durante siglos en sus lomos, entrepiernas comandantes, toneladas de tierra removida para hacer barbecho del asfalto. Profesores de las Galápagos comprometidos con esta causa, grandes defensores del burro y la mujer en Zamora, hablan del animal, aunque no sabemos si refiriéndose al animal, aunque sí en todas sus otras acepciones (?)

Cabra. Con el masculino como insulto y sus cuernos, sus saltos, rica leche agria, gueso de pastor, pasean sus locuras por geografías en donde no nos está permitido el acceso, cómo nos gustaría, como a Nico. Sus barbas, más largas cuanto más longevo sea el ejemplar, pueden ser motivo de tropiezo si las llegan a pisar. Entonces se despeñan sin remedio: la naturaleza nos perdona demasiadas veces, piensa la cabra mientras se acerca lo inevitable, aquello que su tercer compañero anhela comprender remontándose a un inocente y (des)preocupado salto.

Mono. Primo cercano aprendiz de payaso.
_

No hay comentarios:

Publicar un comentario